Carlos
Yusti
Conozco
varios amigos artistas que ha logrado un relativo éxito con su trabajo, otros
que no tanto. No obstante lo que caracteriza a ambos grupos es la pasión y
tenacidad por lo que hacen. Entrar a ese engranaje del arte, que abre puertas a
las becas, las galerías y los museos, no es para nada fácil. Aunque es indiscutible
que muchos museos y galería exhiben basura artística con ínfulas. Con el
publicitado urinario, que usufructuó Marcel Duchamp, a la artista Dada la
Baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven se
inició todo ese cúmulo de tergiversaciones en torno al arte. Ya el propio
Duchamp lo intuía cuando dijo: «La baronesa no es futurista: es el futuro».
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| fotografía de David Wojnarowicz |
En el año 1958 Mark Rothko
(1903-1970), recibió el encargo de un lujoso restaurante enclavado en el
rascacielos Seagram de Mies van der Rohe. Se puso a trabajar en unos lienzos de
grandes dimensiones y realizó muchos bocetos y una buena cantidad de cuadros de
menores tamaños; pero dos años después decidió que no completaría el encargo y
devolvió el dinero del adelanto. Se quedó con las pinturas. En estos lienzos de
gran formato trabaja con amplios espacios de color en los que dispuso franjas
verticales especie de pilares, aberturas y ventanas que invitan al espectador
hacia el abismo, donde el artistas utiliza colores más oscuros y opacos. Esta
idea sobre pintar cuadros con dimensiones desproporcionadas tiene una nítida
lógica: “Pintar un cuadro pequeño implica colocarse fuera de la experiencia,
considerar una experiencia como una vista estereoscópica, o con un vidrio
reductor. Sin embargo, si pintas un cuadro más grande, estás dentro de él”. El
espectador ante cuadros con formatos normales tiene necesidad de alejarse,
tratando de dilucidar los significados la pintura. En cambio en un cuadro
enorme ya se encuentra dentro. Rothko estaba seguro que estas pinturas
arruinarían el apetito de los comensales. Unos meses después se suicidó.
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| Obra de André Cadere |
Muchas veces el crítico no es capaz de
sintonizar la visión del artista con su obra, en las que van implícitas sus
preocupaciones filosóficas, sociales, políticas y las agonías por las que
atraviesa para expresarlas en su trabajo estético. Por supuesto que los
trepadores y farsantes ven en el arte como un negocio, como una manera
fashionable de figurar; especie de cazadores que van tras esa presa de becas,
subsidios y demás calderilla para dejar salir a luz, en galerías y museos, su
nulo talento y su total impericia artística. Se escudan con holgura en el performance,
el arte basura, el video-art y todo eso que no implique trabajo con la línea, el color o con técnicas del
grabado y la composición; nada que involucre una enseñanza tradicional del
arte. La impericia técnica ha tomado la batuta y va creando obras de dudosa
calidad y trascendencia.
Avelina Lésper, una crítica de arte mexicana,
ha expresado (no la única) con bastante contundencia todo ese montaje de oropel
en torno al arte actual. Sus críticas siempre son feroces: “El mercado del arte contemporáneo es el nuevo
burdel legal, aquí se confunden las putas y los proxenetas. En estas
operaciones comerciales no venden arte, venden la invención o mentira de lo que
hoy llaman arte y el cliente “cree” que sabe lo que hace y paga, mientras le
dicen que hizo una buena compra, que es inteligente y vanguardista. Este es un
mercado artificial sin valores y es un fraude”. “El gran vendedor que es Damien Hirst afirma que cualquiera puede pintar
como Rembrandt, cuatro siglos después nadie pinta como Rembrandt pero usted si
puede hacer pinturas como las de Damien Hirst”. “La obra de Gabriel Orozco es
perfectamente consecuente con sus limitaciones, su repetitivo repertorio
utiliza lo más elemental que tiene al alcance, el tema de su obra es el mínimo
esfuerzo”. “La obra de Warhol desde su origen carece de autenticidad y
originalidad, las realizó el staff de la Factory que en ocasiones hasta
firmaban las obras, él no hacía, ni decidía, fuera de sus bocetos publicitarios
y las pinturas que orinó en pareja con Basquiat. Los esclavos de la Factory
calculaban que produjeron, en el vergonzoso anonimato, más de 20 mil trabajos,
que no han sido catalogados”.
Las aseveraciones de Lésper recuerdan
bastante a los críticos que tildaban a los pintores impresionistas como
holgazanes sin talentos. Estaban a su vez aquellos que vieron en las creaciones
de las vanguardias artísticas como obras de risa y que parecían una burla tanto
al sacrosanto arte como al estoicismo visual del público. Lésper no está
batallando en solitario contra esos farsantes que cotizan bastante bien sus
obras en este mercado de curadores, bienales y otras ferias de vanidades del
arte, donde la obra es interesante por el monto de su costo y no por aquello que
trasmite. De igual manera hay otra cara en esta moneda lanzada al aire.
Mario Vargas Llosa de visita en Tate Modern,
en Londres, se ve sorprendido por un palo de escoba pintado con franja de
colores. El escritor ni se molestó en averiguar el nombre del artista y mucho
menos de la obra. Su reflexión es distante y fría: “…en el arte de nuestro
tiempo el verdadero talento y la picardía más cínica coexisten y se
entremezclan de tal manera que ya no es posible separar ni diferenciar una de
la otra”. El nombre del artista era André Cadere (1972-1978). Como artista Cadere nunca estuvo de acuerdo con las formalidades
propuesta por los museos y decidió romperlas mediante una escultura no
convencional consistente en piezas
cilíndricas de madera y pintadas con distintos colores. Como eran fáciles de
hacer y transportar fue dejándolas desperdigadas por museos y galerías. La
barra era un llamado de atención a esa escultura apoltronada en un pedestal y
por eso sus barras de maderas están por allí en los rincones (o en el piso) de
algunos museos diciendo que el arte en ocaciones en una actitud contraria a los
canones establecidos a pesar que algún Vargas Llosa postule con sorna: “un palo
de escoba con los colores del arcoíris que se parece a aquel con el que Harry
Potter vuela entre las nubes”.
Joseph Beuys, que calzaba mejor en el molde
de personaje de novela que en el de artista conceptual, dejó correr la especie
de que “todo ser humano es un artista” y aquí estamos entrampados en esta jaula
del arte, especie de carpa circense donde los acróbatas sin talento se confunden
con los artistas de garra, donde los embaucadores de todo pelaje quieren darle
sus palazos a la piñata del mercado artístico, mientras los mercachifles de
siempre deciden los derroteros del arte actual. El arte al final decidirá que
será trascendente y que irá a la desaguadero del olvido.
Marcel Duchamp se inventó toda esa historia
del urinario (firmado como R. Mutt por la Baronesa Elsa von Freytag-Loringhoven), que lo compró en una tienda y que fue rechazado
en el salón de artista. Luego de la foto hecha por Alfred Stieglitz, quizá la
obra terminó en un basurero en la calle. En una etapa cómoda Duchamp deja de
interesarse en el arte (según Truman Capote dejó de pintar en el año 1913) y
hace silencio. A este respecto Joseph Beuys en una entrevista dijo: “…la
necesidad de no sobrevalorar el silencio de Duchamp sólo en uno de los
aspectos: porque Marcel Duchamp no dijo aquello que no dijo. (…) Duchamp estaba
simplemente en el final, ya no tenía ideas, ya no se le ocurría nada
importante. He dicho que aprecio mucho al hombre, pero no su silencio, por lo
menos no le doy la importancia que le atribuyen los demás”. La mejor crítica a todo este intríngulis es
una foto de David Wojnarowicz, quien retoma una pintura de Beuys, que es solo
un grafiti hecho con una brocha delgada con la frase: “Die überbewertet das Schweigen von Marcel
Duchamp”. Wojnarowicz (utiliza la pintura, el cine, la escultura, la
fotografía o el grafiti) realizó una serie de fotografías con el título de “Rimbaud en Nueva York”; amigos y amantes
posaron, con una máscara de Rimbaud, para las fotos en cafés y otros suburbios
de Nueva York. Hay una foto en la cual está Rimbaud de pie dando la cara. A sus
espaldas hay un boceto clásico de un torso masculino desnudo y en el otro lado
un grafiti, que evidentemente pintó el Rimbaud enmascarado, escrito en inglés:
“The silencie of Marcel Duchamp is overrated”. El círculo se abre.
EL SOBREVALORADO SILENCIO DE DUCHAMP
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